Y yo (también)

Hay palabras que pueden vivir solas.
También no.
También necesita que algo haya ocurrido antes.
Que exista un primer paso al que poder responder sin tener que dar el propio.
Me gusta más lo que encierra que como suena…
También.
Pequeña. Casi inofensiva. Cómplice. Maravillosamente sincera…
Una de esas palabras que dejamos caer en mitad de una conversación como quien no quiere decir demasiado.
—Me gustaría verte.
—A mí también.
Y ya está.
Tres palabras. Ni una promesa. Ni una declaración. Ni siquiera un plan.
Pero qué manera tan curiosa de decir tanto procurando decir tan poco, ¿verdad?
Porque también confirma. Reconoce. Devuelve.
También dice… "eso que te pasa a ti, de alguna manera, me pasa a mí."
Aunque a veces el también cambia de forma.
—Te he pensado.
—Y yo.
—Te echo de menos.
—Y yo.
—Tengo ganas.
—Y yo.
Y ese "y yo" me gusta todavía más.
Porque ya no parece una respuesta.
Parece alguien acercándose, despacito, bajito y con el cuidado que exige tocar un corazón.
La y une. El yo se entrega.
Y yo.
Dos palabras capaces de poner dos lados de una conversación en el mismo sitio.
Quizá por eso algunas veces empezamos diciendo también y terminamos diciendo y yo.
Como si poco a poco necesitáramos menos refugio.
Como si después de tantas coincidencias ya no hiciera falta explicar de qué estamos hablando.
Me gustaría.
A mí también.
Te extraño.
Y yo.
Lo pensé.
Yo también.
Qué peligro tiene descubrir que donde creías estar solo… había un y yo.
… también tiene algo de espejo.
… y yo, algo de encuentro.
Uno devuelve lo que recibe.
El otro se coloca al lado.
Y ya deja de ser tan importante quién empezó, quien lo dijo primero, quién sintió qué…
Porque hubo un tú y hubo un yo.
Hubo muchos también… … y unos cuantos y yo.
Y en algún momento, sin haberlo decidido… se nos conjugó un nosotros.
Porque hasta un también puede sentirse solo… hasta que encuentra un y yo que le hace compañía…