"y ya me callo..."

02.07.2026

A veces nos arrepentimos de hablar.

De decir demasiado. De mostrar una herida. De reconocer un sentimiento que habíamos jurado mantener a salvo.

A veces nos arrepentimos de callar.

De dejar una frase a medias. De esconder una verdad detrás de un «mejor me callo». De permitir que el miedo decida por nosotros.

Lo difícil es que rara vez sabemos cuál de los dos arrepentimientos pesa más.

Hay personas que regresan a nuestra vida para recordárnoslo.

Personas con las que compartimos algo que el tiempo no consiguió borrar. Personas a las que volvemos a encontrar y con las que las conversaciones parecen continuar donde quedaron años atrás.

Entonces es cuando aparecen las palabras peligrosas...

…las que revelan demasiado.

…las que cambian las reglas del juego.

…las que se asoman a los labios y terminan convertidas en un silencio prudente, en un «y ya me callo» que las obliga a permanecer dentro. Y, en ese momento, aunque las palabras dejen de avanzar, los sentimientos siguen ahí, ocupando el mismo espacio, esperando el instante en que alguno de los dos se atreva a terminar la frase.

Pero también hay palabras que encuentran otras formas de existir.

Palabras que caminan entre líneas, que se escapan en una pausa demasiado larga, en una sonrisa escondida que dura un segundo más de lo necesario. Palabras que nunca llegan a pronunciarse y que, sin embargo, terminan diciendo exactamente lo que intentábamos ocultar.

Quizás sea cierto que algunas cosas es mejor callarlas.

Quizás no.

Porque hay silencios que protegen y otros que condenan.

Y porque, a veces, el mayor arrepentimiento no nace de lo que dijimos, sino de aquello que dejamos sin decir... y que era precisamente lo que necesitaba ser escuchado…

Y ahora si… ya me callo.

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