separándo(me)

Alguna vez he pensado en pedirme el divorcio.
Lo reconozco.
Nuestra convivencia no siempre es fácil. Tenemos diferencias irreconciliables, discusiones que no llevan a ninguna parte y una preocupante tendencia a echarnos en cara los errores del pasado.
Hay días en los que no me aguanto... literal ¡no-me-so-por-to!
Y no es que tenga nada personal contra mí..., bueno, sí. Especialmente contra mi otro yo, que tiene la desagradable costumbre de hacer lo que le da la gana y dejarme a mí la responsabilidad de las consecuencias.
Me prometo cosas que después no cumplo, me llevo la contraria, me complico la existencia y, para colmo, siempre quiero tener la última palabra, ¡cómo no!, lo peor es que me conozco demasiado bien…, sé dónde me duele, qué me molesta y qué decirme para hacerme perder los papeles.
Y no será porque no lo hayamos intentado.
Las dos nos hemos sentado a hablar muchas veces… hablamos de cambiar ciertas costumbres, de no darle nuestras mil vueltas a las cosas... pero basta que una decida pasar página para que la otra aparezca con el libro entero, eso sí, convenientemente subrayado.
A veces pienso que nuestra relación es… rarita.
Una quiere descansar y la otra se pone a pensar. Una intenta poner un poco de orden en su vida y la otra no recuerda dónde ha dejado las llaves. Una pretende seguir el camino previsto y la otra ya se ha saltado tres stop, dos rotondas y la salida de la autovía.
Y lo más desconcertante es que, mientras una está pendiente de todo y de todos, la otra va tan a su bola que a veces ni se entera de que la están esperando.
¡Así no se puede convivir!
Y ni hablar de nuestras decisiones más cuestionables… uffff, esas en las que una intenta poner un poco de cordura mientras la otra ya se ha lanzado de cabeza... Y ¡claro!, después vienen los reproches, los "te lo dije" y las interminables discusiones sobre lo que debimos hacer o decir…
Pero hay algo en lo que solemos estar de acuerdo, fíjate... si hay que elegir entre quedarnos con la culpa o con las ganas, las ganas nos resultan… bueno… más atractivas.
Alguna vez consideramos acudir a terapia de pareja, pero nos conocemos, una hablaría por las dos, la otra escucharía a regañadientes, el terapeuta sin enterarse de nada, y nosotras saliendo de la consulta sin hablarnos y como de costumbre, haciendo lo que nos da la gana.
Sin embargo, sería injusto no reconocer nuestros buenos momentos…
… nos hemos reído juntas hasta llorar,
… hemos sobrevivido a decisiones disparatadas,
… y cuando la vida se ha puesto del revés, ninguna ha dejado sola a la otra...
Si es que en el fondo nos queremos, eso también habrá que tenerlo en cuenta.
Aunque, siendo justas, tampoco sabría decir cuál de las dos es la mala influencia. Mientras una se mete en líos, la otra en lugar de impedírselo, va y le da permiso…
Sospecho que si algún día nos separamos… nos echaríamos de menos…
El problema es que divorciarse después de tantos años supone un reparto de bienes bastante complicado.
¿Quién se queda con los recuerdos?
¿Quién se lleva las ilusiones?
¿Qué hacemos con los sueños que todavía tenemos a medias?
¿Quién se queda con todo lo que hemos querido y todavía nos queda por querer?
... por no hablar de la custodia compartida de nuestras contradicciones.
Y luego está el otro asuntito..., el de la vivienda... así que después de darle muchas vueltas, hemos llegado a un acuerdo…
De momento hemos decidido seguir juntas. No porque hayamos resuelto nuestras diferencias, sino porque ninguna de las dos… ¡está dispuesta a irse de casa!