Pupitas

Últimamente parece que tenemos que sanarlo todo…
Sanar la infancia.
Sanar las relaciones.
Sanar las ausencias.
Sanar los vínculos.
Sanar lo que hicimos, lo que nos hicieron y hasta lo que nunca llegó a pasar.
Demasiadas pupitas emocionales...
Todo tiene que ser revisado, entendido, aceptado, perdonado, cerrado y, por supuesto, sanado..., como si vivir consistiera en ir dejando todas las habitaciones perfectamente ordenadas antes de pasar a la siguiente.
Y no sé.
Quizá hemos convertido (también) la sanación en una forma de control.
Y lo digo precisamente yo, que necesito cerrarlo todo, hasta la tapa del shampoo...
Ponerles un punto final.
Entender qué pasó, por qué pasó, qué hice, qué hicieron, qué aprendí y, si puede ser, guardarlo todo en esa habitación perfectamente ordenada antes de cerrar la puerta, me cuesta dejarlas entreabiertas…
Las conversaciones sin terminar.
Las preguntas sin respuesta.
Me incomoda ese lugar en el que algo ya no es, pero tampoco sé muy bien dónde colocarlo.
Así que sí, probablemente yo también he confundido muchas veces sanar con dejarlo todo perfectamente ordenado en esa lucha incesante de que todo esté bien…, de que nada duela.
De poder mirar atrás sin que algo se mueva por dentro.
Pero hay cosas que se mueven y nos mueven...
Hay recuerdos que todavía aprietan un poco.
Hay nombres que hacen ruido.
Hay lugares a los que volvemos y, por alguna razón, seguimos sintiendo algo.
Y precisamente por eso estoy aprendiendo que quizás no todo necesite un cierre, que algunas cosas no terminan, simplemente dejan de ocupar el mismo lugar.
Que una pregunta puede quedarse sin respuesta sin convertirse por eso en una deuda pendiente.
Que puedo dejar una puerta entreabierta sin tener que pasarme la vida vigilándola.
Y, sobre todo, que quizá ser un poco menos rígida conmigo también sea una forma de acomodar las cosas.
Aunque, bien pensado… hasta eso parece que tengo que aprender a hacerlo bien.
No todo necesita una explicación, y ya ni siquiera estoy segura de que todo necesite sanar, hay cosas que solo necesitan tiempo y tampoco el mismo, porque tenemos la extraña costumbre de medir el dolor ajeno con nuestro propio reloj…
Ya deberías estar bien.
Ya ha pasado mucho tiempo.
Ya es tiempo de que lo superes.
¿Ya?
¡Ya!, después de tres libros de autoayuda, cuatro frases motivacionales y siete reels sobre responsabilidad afectiva.
Porque últimamente hasta sanar parece tener instrucciones de uso.
¿Quién decidió cuánto tarda un corazón en colocar algo en su sitio?
Quizá sanar no sea conseguir que algo deje de existir, sino aprender a vivir con ello sin necesitar que desaparezca
Y quizá por eso, cuando éramos pequeños y nos hacíamos daño, nadie nos pedía que entendiéramos la herida.
Nos acariciaban el golpe y nos decían...
"Sana, sana, colita de rana.
Si no sana hoy…
sanará mañana..."