Por si acaso...

Dicen que a todos nos falta un tornillo.
Yo, por si acaso, llevo desde aquellos años en los que la vida todavía tenía muchas lecciones pendientes para mí, recogiendo tuercas por la calle.
Recuerdo perfectamente cómo empezó... Fue un día, de camino a uno de esos exámenes en los que te juegas mucho y en los que los nervios parecen haberse estudiado el temario mejor que tú... Y mira por dónde, aquel día, entre tanta cosa que tenía que recordar, acabó sucediendo algo que no solo no olvidaría, sino que, con el tiempo, se convertiría en costumbre.
Solo sé que, si encuentro una, la recojo..., y que dejarla allí, abandonada a su suerte, me produce la extraña sensación de estar despreciando la mía.
Ya ves tú. Una tuerca.
Como si el universo, con todo lo que tiene que hacer, se entretuviera dejándome pequeñas piezas metálicas por el suelo para avisarme de que hoy puede ser un buen día.
Pero ¿acaso no hacemos todos algo parecido?
Hay quien cruza los dedos, quien toca madera, quien se santigua al pasar delante de una iglesia... quien lleva siempre el mismo objeto en el bolsillo, quien se pone una determinada prenda para una ocasión importante o quien pide un deseo al ver una estrella fugaz, y una larga lista... .
Y luego están los que aseguran no creer en ninguna de esas bobadas, peeeeeero… prefieren no tentar a la suerte, por si acaso... ¡Ayyyyy, el por si acaso!
Cuántas cosas hacemos en su nombre.
Porque podemos ser muy racionales, muy sensatos, muy de tener los pies en la tierra… hasta que deseamos algo con todas nuestras fuerzas.
Entonces aparece esa parte nuestra que negocia con lo inexplicable.
Si hago esto, quizá…
Si llevo aquello, a lo mejor…
Si repito exactamente lo que hice la última vez que todo salió bien…
Y así, poquito a poco a lo largo de nuestra vida, vamos construyendo pequeñas cábalas, rituales privados que no necesitan explicación porque tampoco la tienen.
Lo curioso es que sabemos perfectamente que una tuerca no atrae la suerte, que tocar madera no evita una desgracia y que cruzar los dedos no modifica el resultado de nada.
Lo sabemos. Pero, así y todo, lo hacemos.
Como si pudiéramos darle un empujoncito a la suerte.
Y puede que ahí esté lo verdaderamente hermoso de todas estas manías…
Que no hablan tanto de aquello en lo que creemos como de aquello que esperamos.
… de las ganas de que algo salga bien.
… de la ilusión que todavía somos capaces de poner en lo que está por venir.
… de esa pequeña esperanza que, a veces, necesita agarrarse a algo, aunque sea a una tuerca oxidada encontrada en mitad de la calle.
Yo, por si acaso, seguiré recogiendo las mías.
… me gusta pensar que todavía soy capaz de encontrar algo valioso donde otros no ven absolutamente nada.
Habrá quien diga que todo esto son tonterías.
Puede ser.
Pero ¿y si no lo son tanto?
Yo he encontrado tuercas en momentos en los que necesitaba que algo saliera bien. Y salió...
¿Casualidad? ¿Suerte? ¿O quizá fue esa especie de energía que desprendemos cuando creemos que las cosas pueden salir como deseamos?
No lo sé… y tampoco necesito saberlo.
Porque hay algo maravilloso en no tener todas las respuestas, en permitirnos creer en lo que no podemos demostrar y en conservar esa pequeña complicidad con lo inexplicable.
Quizá la suerte no esté en la tuerca, sino en la ilusión con la que me agacho a recogerla.
O quizá sí… ¿quién sabe?