Orgullo

Hay una palabra llamada orgullo.
A veces se parece mucho a la dignidad.
Nos mantiene en pie, nos recuerda dónde están nuestros límites y evita que agachemos la cabeza cuando alguien pretende hacernos pequeños.
Pero otras veces se disfraza tan bien de ella que terminamos confundiéndolas.
Hay una palabra llamada orgullo que hace que algunas personas sean capaces de perder con tal de no ceder, o peor aún, con tal de no hacer algo que pueda parecer que están cediendo.
Porque a veces nadie les pide que se rindan.
La rendición solo existe en su cabeza.
Y, aun así, prefieren quedarse sin aquello que quieren, necesitan o incluso les conviene antes que correr el riesgo de que alguien pueda interpretar su gesto como un paso atrás.
Como si acercarse fuera rebajarse.
Como si aceptar fuera necesitar.
Como si cambiar de opinión fuera perder.
Como si dar un paso hacia algo significara necesariamente bajarse de algún lugar.
Hay una palabra llamada orgullo que consigue que alguien se prive de algo bueno, aun sabiendo que podría disfrutarlo, simplemente porque para llegar hasta allí tendría que tragarse unas cuantas palabras que un día dijo demasiado alto.
Y lo curioso es que, desde fuera, a veces resulta difícil de entender, porque uno piensa… "pero si te vendría bien", "pero si lo quieres", "pero si sabes que podrías hacerlo", "pero si nadie te está pidiendo que te arrodilles…"
Pero, pero, pero..., pero no.
Hay una palabra llamada orgullo que necesita mantenerse en pie aunque para hacerlo tenga que derribarlo todo alrededor.
Incluso a quien la sostiene.
Y justamente ahí es donde me produce una tristeza enorme.
Porque tiene que ser agotador vivir permanentemente defendiendo una posición.
Tener que recordar a quién dijiste que nunca.
Dónde juraste que no volverías.
A quién aseguraste que jamás necesitarías.
Qué puerta cerraste con tanta fuerza que ahora te da vergüenza volver a tocar.
Tiene que ser terriblemente cansado ser prisionero de cada una de tus propias palabras.
Porque rectificar no siempre es doblegarse.
Acercarse no siempre es arrastrarse.
Aceptar no siempre significa deber algo.
Y cambiar de opinión tampoco debería sentirse como una derrota. A veces es simplemente haber entendido algo que antes no entendíamos.
Hay una palabra llamada orgullo... que me da pena.
Mucha pena.
No porque crea que quienes viven así sean menos que nadie, sino porque pienso en todas las cosas buenas que pueden estar perdiéndose mientras se empeñan en demostrar que no las necesitan, en todas las manos que no estrechan..., y en todas las oportunidades que dejan pasar.
Incluso en todos los "SI" que se muerden para no contradecir aquel "NO" que pronunciaron alguna vez.
Y entonces pienso que quizá el orgullo deja de ser orgullo cuando, para mantenerlo intacto, uno tiene que empezar a hacerse daño.
... porque hay personas capaces de tirarse mierda encima con tal de no bajarse del pedestal.
¿Y qué querés que te diga…?
Debe de ser muy triste descubrir algún día que ganaste todas las batallas contra los demás…
y que, mientras tanto, fuiste perdiendo una detrás de otra contra vos mismo.