Ojalá(s)

20.10.2026

A veces nos cansamos de esperar.

No porque aquello que deseamos haya dejado de importarnos, ni porque hayamos perdido la ilusión de conseguirlo. Nos cansamos porque hay esperanzas que, de tanto tropezar con la misma decepción, terminan agotándonos.

Y qué difícil resulta explicarlo...

Porque una cosa es dejar de esperar y otra, muy distinta, dejar de desear...

Podemos cansarnos de intentar algo sin haber renunciado a conseguirlo. Podemos dejar de buscar oportunidades sin haber perdido las ganas de encontrarlas. Podemos aceptar que las cosas no sucedan cuando queremos sin dejar de imaginar lo maravilloso que sería que algún día sucedieran.

Y es que el deseo es ese loco que anda suelo... con la extraña capacidad de sobrevivir incluso a nuestras propias decepciones...

Vamos por la vida coleccionando pequeños ojalá(s)...

... los que se cumplen casi sin darnos cuenta,

... los que nos acompañan durante años,

...  y los que guardamos con especial cuidado, como quien conserva algo valioso sin saber si algún día podrá utilizarlo...

A veces esos deseos se hacen pequeñitos, se esconden entre las ocupaciones cotidianas, guardan silencio durante un tiempo… pero basta una circunstancia, una palabra, una posibilidad inesperada para que vuelvan a asomarse a hacer de las suyas...

Y con ellos, de la mano... inevitablemente, la esperanza.

Porque mientras exista un deseo, siempre habrá un pequeño ojalá esperando su oportunidad.

Quizás lo que necesitamos aprender no sea a dejar de esperar, sino a hacerlo de otra manera. Sin convertir cada posibilidad en una certeza, ni cada ilusión en una promesa que la vida está obligada a cumplir.

Aprender a desear sin exigirle al tiempo que se dé prisa.

A ilusionarnos sin adelantarnos a los acontecimientos.

A comprender que algunas cosas tardan, otras cambian de forma y otras, sencillamente, encuentran su momento cuando menos lo imaginamos.

Y mientras tanto, sin más... seguir viviendo.

Tampoco se trata de resignarnos, de cerrar puertas ni mucho menos de convencernos de que aquello que deseamos ya no importa.

Se trata de dejar espacio para que la vida nos sorprenda.

A veces no dejamos de esperar porque haya desaparecido el deseo, sino porque nos cansamos de decepcionarnos con la misma esperanza.

Pero quizás la esperanza nunca desaparezca del todo. Quizás simplemente necesite descansar un poco... no porque haya dejado de creer, sino para recuperar las fuerzas con las que seguir creyendo.

Y cuando vuelva a despertar, descubra que aquellos pequeños ojalá(s) seguían allí, esperándola...

Porque mientras exista un deseo, siempre habrá alguna razón para seguir creyendo que todavía es posible...

Alguien me dijo una vez... Inshallah
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