Nudos

No todos los nudos son visibles.
Algunos se esconden en la garganta cada vez que intentamos decir aquello que llevamos demasiado tiempo callando. Otros viven en unas manos que ya no recuerdan cómo pedir ayuda. Y hay nudos que aprietan alrededor del pecho hasta convencernos de que respirar duele cuando, en realidad, lo que pesa es la vida.
Lo curioso de los nudos es que casi nunca aparecen de repente. Se van formando despacito como un hilo que va enredándose entre los dedos sin que uno apenas lo note. Al principio parece un simple giro..., luego otro…, otro... y otro más..., hasta que un día descubres que ya no sabes por dónde empezar a soltar esos pequeños enredos de las cosas que el tiempo no deshace por sí solo.
Y, sin embargo, pasamos la vida intentando cortarlos.
Nos exigimos ser más fuertes, más valientes, más rápidos para olvidar… tirando de ellos con impaciencia, convencidos de que la fuerza resolverá lo que el dolor construyó con años de silencio.
Pero los nudos no entienden de violencia.
Entienden de paciencia… de manos que no tiran.
Entienden de alguien que se sienta a nuestro lado sin preguntar demasiado.
Entienden de una mirada que no juzga el enredo en sí..., sino la historia que lo provocó.
Es por eso que las personas que más nos transforman no son las que llegan con respuestas, son las que sostienen tu mano mientras intentan desatarte el nudo que llevas en el pecho… hasta descubrir, casi sin darse cuenta, que también había un hilo apretando el suyo.
Y es ahí donde la compañía revela su forma más hermosa…
… no caminar delante para indicar el camino, ni detrás para empujar cuando faltan las fuerzas, sino al lado…
Lo bastante cerca para sostener el silencio y lo bastante lejos para no tirar del hilo antes de tiempo.
Entonces ya no hay quien rescata y quien es rescatado.
Solo hay dos personas.
Una, perdida, intentando encontrarse…
… y otra encontrándose mientras creía que ya no necesitaba buscar…
Hay nudos que uno puede aflojar con el tiempo. Pero hay otros que solo empiezan a deshacerse cuando el otro se sienta a sostener el extremo del hilo.