Lo suficientemente cerca

Hay personas que se marchan de nuestra vida con un portazo. Otras se van cerrando la puerta despacio, hasta que un día descubres que hace meses que no sabes nada de ellas.
Y luego están esas pocas, extrañas, que nunca terminan de irse.
No viven contigo. No forman parte de tu rutina. No conoces el color de la taza en la que toman el café por la mañana ni si últimamente duermen bien. Así y todo siempre encuentran una forma de volver.
Una frase lanzada a la red (sin red) … y en lo que podría parecer un intento de regresar, solo hay una manera silenciosa de decir "sigo aquí" mientras espera un… "yo también."
Compartimos las mismas calles, las mismas aceras, saltamos los mismos charcos, nos cubre el mismo cielo gris de los inviernos y la misma luz dorada de las tardes de verano. Y, sin embargo… nunca nos cruzamos.
Es una casualidad demasiado perfecta para no despertar preguntas.
A veces imagino que entras en una cafetería mientras yo salgo. Que esperas un semáforo cuando yo ya he doblado la esquina. Que coincidimos en un supermercado, separados por dos pasillos, sin saber que apenas unos metros nos apartan.
Como si la vida jugara al escondite, acercándonos lo suficiente para recordarnos que existimos, pero nunca tanto como para obligarnos a mirarnos otra vez a los ojos.
Durante mucho tiempo pensé que era una injusticia. Ahora no estoy tan segura.
Quizá hay historias que sobreviven precisamente porque no se enfrentan a una segunda oportunidad.
Porque el recuerdo es un territorio delicado. Allí seguimos siendo quienes fuimos, dos personas que compartieron una intensidad difícil de explicar y que todavía son capaces de sonreír al recordar un lugar, una frase o una canción.
Cuando hablamos, el tiempo se pliega sobre sí mismo.
Nos reímos. Recordamos.
Y entonces, casi siempre, llega ese pequeño silencio. Ese paso atrás que ninguno comenta, como si ambos supiéramos que existe una línea invisible que conviene no cruzar.
A veces me pregunto si la vida nos protege.
No de nosotros, sino de todo lo que ocurriría si un día dejáramos de ser un recuerdo y volviéramos a convertirnos en una presencia.
Quizá descubriríamos que seguimos sintiendo lo mismo.
Quizá descubriríamos que ya no.
Y cualquiera de las dos respuestas cambiaría para siempre esta forma extraña de querernos desde la distancia.
Así que seguimos aquí.
Lo suficientemente cerca para no olvidarnos.
Lo suficientemente lejos para no romper el hechizo.
Y quién sabe...
Tal vez algún día la vida deje de esquivarnos.
O tal vez ya nos ha regalado exactamente el lugar que podíamos ocupar el uno en la historia del otro.