La última gota...

Hay cosas que uno deja de hacer sin pensarlo, simplemente, un día ya no las hace, y luego otro, y otro...
Hasta que descubre que aquello también fue una despedida.
Yo dejé de usar un perfume. No lo tiré ni lo escondí en el fondo de un cajón. Ni siquiera recuerdo haber pensado no voy a volver a ponérmelo.
Simplemente dejé de hacerlo.
El frasco se quedó en mi mesa de noche, entre las cosas que sí seguí utilizando, viendo pasar mañanas, noches, cambios, prisas, mudanzas interiores y alguna que otra vida.
Y allí sigue.
A veces lo miro.
Tiene exactamente la misma cantidad que entonces.
Ni una sola gota menos.
Es curioso cómo medimos el tiempo, con calendarios, cumpleaños, arrugas, fotografías en las que todavía llevábamos aquel pelo…
Yo podría medir una parte de mi vida mirando la marca de un frasco de perfume.
Porque hasta ahí llegamos…, porque aquella fue la marca antes de que nosotros dejáramos de ser nosotros.
Después compré otros perfumes.
Otros olores se quedaron en mi ropa, en mi pelo, en bufandas, abrazos…
La vida siguió oliendo.
Pero a ese perfume no volví.
Y durante mucho tiempo pensé que era porque me llevaba hasta vos.
Ahora no estoy tan segura.
Porque no eras vos lo que olía allí.
Era yo…
… la que fui entonces.
… la que se perfumaba antes de verte.
… la que reconocía determinadas palabras antes incluso de que fueran pronunciadas.
… la que todavía no sabía todo lo que después iba a saber.
Tal vez por eso nunca quise terminar aquel frasco.
O puede que sí, pero hay decisiones que tomamos sin reunirnos con nosotros mismos para decidirlas.
Nunca lo guardé.
Nunca lo tiré.
Pero tampoco nunca lo volví a usar.
Lo dejé exactamente ahí, a la vista, como se dejan algunas historias cuando no queremos vivirlas otra vez, pero tampoco necesitamos hacerlas desaparecer.
Han pasado muchos días… muchísimos.
Y cada vez que miro el frasco pienso que el tiempo ha hecho lo suyo con casi todo.
Con vos.
Conmigo.
Con aquello.
Con todo lo demás.
Pero dentro de ese cristal el tiempo parece haberse detenido justo en la última gota que usé.
La última que puse sobre mi piel.
La última vez que olí así.
La última vez que fui aquella.
Y quizá algún día vuelva a ponérmelo.
Porque ahora entiendo que ese perfume no guarda tu olor.
Guarda el mío.
El de una mujer que ya no existe exactamente de aquella manera...
... aunque, de vez en cuando, al mirar un pequeño frasco de perfume sobre su mesa de noche…
todavía se reconoce...