La jugada

Hay preguntas que nos hacemos todo el tiempo y deseos que hemos postergado tantas veces que terminamos acostumbrándonos a vivir con ellos.
No desaparecen, solo aprendemos a dejarlos para después.
Después de esto…
Después de aquello...
… después…, una palabra diminuta en la que somos capaces de guardar, incluso, una vida entera.
Y no es que no sepamos lo que queremos, o quizá sí…, pero no sabemos qué hacer con ello.
… pero… (otra palabra incómoda!)
Porque una cosa es desear que algo cambie y otra mover la ficha que podría cambiarlo.
Ahí está el tablero.
Delante de nosotros. Con todas sus piezas, sus posibilidades y sus jugadas pendientes.
Y nosotros, observándolo.
Calculando movimientos. Imaginando respuestas. Anticipando consecuencias.
Pensando en lo que podría ocurrir si moviéramos esta pieza o aquella otra.
A veces creemos conocer tan bien al otro que hasta nos adelantamos a sus movimientos.
Damos por hecho lo que responderá, pensará, o sentirá, y acabamos jugando una partida entera en nuestra cabeza sin haber movido una sola ficha.
Quizá porque, mientras no la movamos, todo sigue siendo posible.
… la pregunta todavía puede tener la respuesta que deseamos,
… el deseo todavía puede cumplirse,
… y aquello que no nos atrevemos a decir todavía puede ser correspondido...
O no. Porque también está esa posibilidad.
La de descubrir que el otro no está jugando la misma partida, y que posiblemente ni siquiera sepa que estamos esperando su siguiente movimiento.
Y seguimos ahí.
Con las preguntas guardadas, los deseos pendientes y esa curiosa habilidad que tenemos para convencernos de que todavía no es el momento, y ahí nos quedamos...
… esperando que sea el otro quien mueva ficha...
Que pregunte primero, que diga primero, que se atreva primero.
Como si el primer movimiento no fuera también cosa nuestra.
Y así, entre lo que uno no dice y lo que el otro no pregunta, vamos dejando pasar los turnos.
Sin saber si estamos siendo prudentes, si estamos teniendo miedo, o sencillamente, hemos aprendido a convivir con aquello que nos gustaría cambiar.
Lo curioso es que la vida no se detiene mientras pensamos nuestra siguiente jugada.
Las circunstancias cambian. Las personas también.
Y lo que hoy parece una posibilidad, mañana puede ser solamente una pregunta más, de esas que empiezan con un… "¿y si…?"
Y si… puede pasar, sí... "¿Y si hubiera movido aquella ficha?"
Aunque, pensándolo bien, tampoco sabemos qué habría ocurrido.
Quizá nada.
Quizá todo.
Quizá la partida habría terminado exactamente igual.
O quizá habríamos descubierto que, al otro lado del tablero, alguien llevaba tanto tiempo como nosotros esperando el siguiente movimiento.
Y ahí seguimos.
Con las manos sobre la mesa.
Con la mirada clavada en las piezas.
Pensando en la siguiente jugada.
Sin saber si estamos esperando nuestro turno… o dejándolo pasar.
... seguimos ahí...
Con nuestras preguntas. Con nuestros deseos. Con aquello que nos duele.
Y entonces me pregunto…
¿Seremos adictos al dolor?