La jugada

20.09.2026

Hay preguntas que nos hacemos todo el tiempo y deseos que hemos postergado tantas veces que terminamos acostumbrándonos a vivir con ellos.

No desaparecen, solo aprendemos a dejarlos para después.

Después de esto…

Después de aquello...

… después…, una palabra diminuta en la que somos capaces de guardar, incluso, una vida entera.

Y no es que no sepamos lo que queremos, o quizá sí…, pero no sabemos qué hacer con ello.

… pero… (otra palabra incómoda!)

Porque una cosa es desear que algo cambie y otra mover la ficha que podría cambiarlo.

Ahí está el tablero.

Delante de nosotros. Con todas sus piezas, sus posibilidades y sus jugadas pendientes.

Y nosotros, observándolo.

Calculando movimientos. Imaginando respuestas. Anticipando consecuencias.

Pensando en lo que podría ocurrir si moviéramos esta pieza o aquella otra.

A veces creemos conocer tan bien al otro que hasta nos adelantamos a sus movimientos.

Damos por hecho lo que responderá, pensará, o sentirá, y acabamos jugando una partida entera en nuestra cabeza sin haber movido una sola ficha.

Quizá porque, mientras no la movamos, todo sigue siendo posible.

… la pregunta todavía puede tener la respuesta que deseamos,

… el deseo todavía puede cumplirse,

… y aquello que no nos atrevemos a decir todavía puede ser correspondido...

O no. Porque también está esa posibilidad.

La de descubrir que el otro no está jugando la misma partida, y que posiblemente ni siquiera sepa que estamos esperando su siguiente movimiento.

Y seguimos ahí.

Con las preguntas guardadas, los deseos pendientes y esa curiosa habilidad que tenemos para convencernos de que todavía no es el momento, y ahí nos quedamos...

… esperando que sea el otro quien mueva ficha...

Que pregunte primero, que diga primero, que se atreva primero.

Como si el primer movimiento no fuera también cosa nuestra.

Y así, entre lo que uno no dice y lo que el otro no pregunta, vamos dejando pasar los turnos.

Sin saber si estamos siendo prudentes, si estamos teniendo miedo, o sencillamente, hemos aprendido a convivir con aquello que nos gustaría cambiar.

Lo curioso es que la vida no se detiene mientras pensamos nuestra siguiente jugada.

Las circunstancias cambian. Las personas también.

Y lo que hoy parece una posibilidad, mañana puede ser solamente una pregunta más, de esas que empiezan con un… "¿y si…?"

Y si… puede pasar, sí...  "¿Y si hubiera movido aquella ficha?"

Aunque, pensándolo bien, tampoco sabemos qué habría ocurrido.

Quizá nada.

Quizá todo.

Quizá la partida habría terminado exactamente igual.

O quizá habríamos descubierto que, al otro lado del tablero, alguien llevaba tanto tiempo como nosotros esperando el siguiente movimiento.

Y ahí seguimos.

Con las manos sobre la mesa.

Con la mirada clavada en las piezas.

Pensando en la siguiente jugada.

Sin saber si estamos esperando nuestro turno… o dejándolo pasar.

... seguimos ahí...

Con nuestras preguntas. Con nuestros deseos. Con aquello que nos duele.

Y entonces me pregunto…

¿Seremos adictos al dolor?

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