Hablando de risas...

Me gustan las risas que se desmadran, las que empiezan siendo una cosa pequeñita, casi discreta, y terminan dejándote sin aire o saltándote las lágrimas...
Esas que, cuando por fin consigues recuperar la dignidad, alguien dice "¿te acuerdas de…?" y se acabó…
… ooooootra vez a empezar.
Me gustan las risas con personalidad. Las que tienen su propio sonido, su ritmo, incluso sus pausas. Las que reconocerías con los ojos cerrados en mitad de una multitud.
Y me encantan las que no suenan.
Sí, las que no suenan.
Esas que dan vuelta en la esquina de la calle WhatsApp?, sí, esas mismas...
Porque resulta que ahora también nos reímos a través de una pantalla… y tiene su gracia, nunca mejor dicho.
De repente ahí estás…, tan tranquila, haciendo tus cosas de persona adulta y responsable, cuando aparece un mensaje.
Lo lees. Sonríes. Respondes.
Y entonces llega esa frase, esa ocurrencia, esa absoluta estupidez que no tendría ninguna gracia para el resto de la humanidad, pero que a ti te provoca una carcajada de las que deberían estar subvencionadas…
Y lo sabes.
No hay cámaras. No hay sonido. No hay testigos.
Pero puedes imaginarlo perfectamente, esa manera de reírse, ese gesto tan suyo que conoces de memoria.
Y vuelves a reírte, pero curiosamente esta vez ni siquiera por el mensaje.
Te ríes porque sabes que al otro lado está pasando lo mismo, y eso ya es el colmo del contagio…
Que unas cuantas letras colocadas en el orden adecuado sean capaces de provocar semejante alboroto a kilómetros de distancia.
Que un "jajajaja" pueda tener voz. Porque la tiene. Y no me refiero a esos tres "ja" que uno encadena por educación, cuando no sabe muy bien qué contestar. Hablo de los otros.
De los que vienen con lágrimas imaginarias, con una respiración entrecortada que casi puedes escuchar, con esa complicidad que convierte cualquier tontería en el acontecimiento más divertido del día.
Y me gusta pensar que, mientras el mundo sigue con sus prisas, sus obligaciones y sus asuntos importantísimos, hay dos personas perdiendo miserablemente el tiempo en algo tan maravilloso como reírse juntas.
… sin estar juntas.
Aunque, bien pensado, ¿quién ha dicho que no lo estén?, porque hay muchas maneras de acompañarse.
… una conversación interminable.
… un silencio cómodo.
… una carcajada que viaja escondida entre palabras.
No sé si reírse alarga la vida, si cura las penas, espanta los miedos o rejuvenece la piel. Aunque, viendo las arrugas que provoca, esto último lo pondría bastante en duda...
Lo que sí sé es que hay risas que nos hacen bien…
Y hay personas que tienen ese don...
El de encontrar la bobada exacta en el momento oportuno.
El de conseguir que nos riamos incluso antes de terminar de leer lo que están escribiendo, porque ya sabemos por dónde van a salir.
¡Y qué suerte encontrarlas!
Qué suerte tener a alguien con quien compartir esas pequeñas tonterías que, vistas desde fuera, no significan absolutamente nada..., pero desde dentro… son otra cosa.
Son recuerdos que todavía se están fabricando, son sonidos que se quedan viviendo en algún lugar de nuestra memoria.
Y ahora que lo pienso, mientras escribo sobre risas, hay una que no he dejado de escuchar en mi cabeza.
Qué curioso.
Con todas las risas que existen en el mundo, tenía que acordarme precisamente de la tuya…
Y mira que hace falta poco para hacerme reír.
¡Pero… qué ganas de escucharte!
Y justo en ese instante, de la nada salió con un… ¿Te gustan los espárragos?