Entre dos orillas

26.06.2026
Hay dos palabras que el ser humano pronuncia con una valentía que rara vez posee... siempre y nunca.

Hay palabras que nacen pequeñas, apenas un susurro entre los labios. Y hay otras que, aunque tengan pocas letras, contienen el peso de una vida.

"Siempre" es una de ellas.

"Nunca", también.

Tal vez por eso las pronunciamos con tanta facilidad cuando sentimos demasiado.

La primera vez que alguien me dijo "siempre", lo escuché como se escuchan las cosas que uno desea creer... sin preguntas. Era una palabra cálida. No pensaba en el tiempo, ni en los cambios, ni en todo aquello que la vida mueve sin pedir permiso. Pensaba en la certeza de que alguien podía mirarte y elegirte una y otra vez.

Con los años comprendí que las palabras más hermosas también tienen un reverso.

Decimos "siempre(s)" porque el amor nos hace creer que el presente puede extenderse indefinidamente.

Decimos "nunca(s)" porque el dolor también necesita convencerse de que el tiempo, como si de una varita mágica se tratara, cumplirá nuestros deseos.

Pero el tiempo nunca obedeció a nadie...

Las personas cambian. Los afectos maduran, se transforman, vienen, se van... Nosotros mismos dejamos de ser quienes éramos mientras pronunciábamos aquellas palabras.

Y entonces comprendemos que no era el "siempre" el que nos engañaba, ni el "nunca" el que mentía.

Éramos nosotros intentando convertir un instante en eternidad.

Sin embargo, me niego a renunciar a esas palabras. Hay una honestidad inmensa en quien dice "siempre" cuando en ese preciso instante, no puede imaginar un final. Y también la hay en quien dice "nunca", aunque la vida termine desmintiendo esa certeza.

Porque las palabras no son contratos con el futuro.

Son la forma que tiene el presente de nombrar lo que siente. 

Un "siempre" habla de la intensidad con la que amamos hoy.

Un "nunca" revela el límite que, en este instante, creemos imposible cruzar.

Las pronunciamos como quien intenta detener el tiempo con la voz.

Pero el tiempo nunca obedeció a nadie...

Mañana la vida hará lo suyo. Nos cambiará, nos romperá y, con un poco de suerte, nos volverá a reconstruir. Quizá descubramos que aquel "siempre" duró menos de lo que imaginábamos o que el "nunca" terminó sucediendo.

Y no será porque las palabras fueran demasiado grandes.

Será porque nosotros siempre fuimos demasiado humanos para caber dentro de ellas.

Sí, la vida transcurre entre dos orillas, la de los "siempre(s)", los que anhelamos y la de los "nunca(s)" que creemos inquebrantables. 

Porque las orillas son solo una ilusión.
Lo único verdadero es el río. Ese que, como el tiempo, nunca obedeció a nadie... 

Share