El tiempo

Qué extraño es el tiempo, ¿verdad?
Siempre pensamos que pasa…
y quizá somos nosotros los que pasamos por él.
Mientras hacemos todo lo demás, él trabaja en silencio.
Va doblando despacio la ropa de lo que termina, guardando los días que ya no volverán a ser iguales, las conversaciones que un día fueron importantes, los lugares que dejamos atrás …y hasta las versiones de nosotros mismos que ya no sabemos —o quizá ya no queremos— volver a ser.
Y lo hace con cierta picardía, casi con un puntito de crueldad, aprovechando nuestra costumbre de creer que siempre habrá otra vez...
Quizá sea esa la verdadera tiranía del tiempo... que nunca pregunta si estamos preparados.
No negocia despedidas, no concede prórrogas ni espera a que terminemos de entender lo que estamos viviendo.
Simplemente sigue.
Con esa autoridad silenciosa de quien sabe que, al final, siempre acaba teniendo la última palabra.
Mientras nosotros todavía estamos viviendo algo, él, en algún lugar, ya empieza a doblar sus esquinas...
Y sin más, un día nos damos cuenta de que aquella vida que parecía eterna cabe ahora en un recuerdo. Entonces entendemos que el tiempo no se lleva las cosas de golpe...
Las va doblando despacio y con la paciencia eterna de quien sabe que no necesita tener prisa.
Mientras nosotros seguimos viviendo, haciendo planes, queriendo, perdiendo, reinventándonos, (des)aprendiendo... empezando de nuevo…
Sin darnos cuenta de que, detrás de nosotros, alguien está ordenando todo aquello que ya terminó.
Será por eso que algunas cosas regresan a nuestra memoria con tanta facilidad..., porque en realidad nunca se fueron del todo, solo estaban esperando en algún rincón de nosotros, a que un día volviéramos a abrir el cajón...
Que curioso es el tiempo... mientras nosotros creemos que habrá otro día, y otro... y otro más...
...él ya está doblando la ropa.
...porque el tiempo empieza a convertir en recuerdo aquello que nosotros todavía creemos presente.