El pacto

La vida no llamó a mi puerta…, entró sin pedir permiso el día que respiré por primera vez y, desde entonces, ha caminado a mi lado.
Al principio fue generosa. Me regaló mañanas sin preocupaciones, el asombro de descubrir el mundo y la capacidad de reír por cosas pequeñas. Me dio abrazos que parecían eternos y personas que llenaban los días de significado.
Y fui creciendo, y descubriendo que ella nunca entrega nada sin pedir algo a cambio.
Por cada alegría, me pidió tiempo.
Por cada sueño, esfuerzo.
Por cada persona amada, la aceptación de que algún día podría marcharse.
Cuando me daba confianza, pedía que me arriesgara a ser herida.
Cuando me ofrecía certezas, tarde o temprano las cambiaba por preguntas.
Cuando me permitía alcanzar una cima, me recordaba que siempre existiría otra montaña por subir…
Cuando me entregaba esperanza, pedía fe para atravesar la incertidumbre.
Cuando me mostraba la belleza, me enseñaba al mismo tiempo su fragilidad.
Y cuando me permitía tocar la felicidad, me recordaba que su valor nacía de no ser eterna…
Me enseñó que crecer significaba ganar libertad, pero también cargar con responsabilidades.
Y un día llega ese momento en el que crees que la vida es una deuda imposible de saldar. Sin embargo, con el paso del tiempo comprendí que no pide para castigar, sino para enseñarnos el valor de aquello que nos da.
Porque…
¿Qué valor tendría la amistad si no existiera la distancia?
¿Qué significado tendría el éxito sin el fracaso?
¿Cómo apreciaríamos la luz si nunca hubiéramos conocido la oscuridad?
Y al final del camino, cuando llega la hora de mirar atrás, si lo hacemos con amor descubrimos que el intercambio no fue injusto.
Es cierto, nos pidió tiempo, esfuerzo y lágrimas, pero a cambio nos permitió sentir, amar, aprender y existir.
Ahí está el secreto… no nos dio una existencia perfecta, nos regaló una historia que merece ser contada.
La vida nos da caminos, pero nos pide que los recorramos...