Eclipse

12.08.2026

Hay eclipses que no ocurren en el cielo.

Ocurren cuando algo se interpone entre lo que sentimos y lo que somos capaces de decir.

A veces le decimos miedo.
A veces le decimos orgullo.
Otras… ese extraño empeño que tenemos en fingir que no nos importa aquello que, en realidad, nos importa demasiado.

Y entonces sucede.

Seguimos teniendo palabras, pero las dejamos esperando... sin abrirles la puerta.

Seguimos sintiendo lo mismo, solo que aprendemos a hacerlo a oscuras.

Quizá por eso algunos silencios pesan tanto.

Porque no son ausencia de palabras.
Son palabras que se quedaron en la casilla de salida, vestidas con una intención diferente...

Un «cuídate» que quiso decir "quédate".
Un «¿como estás? que quiso decir "te echo de menos".
Un «todavía te quiero» escondido detrás de todos los motivos que encontramos para marcharnos.

Y mientras tanto, el tiempo sigue haciendo lo que sabe hacer.

Ir hacia adelante, sin detenerse, sin pausas, y muchas veces… negándonos el permiso para pararnos a pensar... o para equivocarnos.

Como si nada estuviera ocurriendo.

Como si debajo de aquella oscuridad no hubiera dos personas intentando reconocerse entre todo lo que no se atrevieron a decir.

Pero los eclipses también terminan…

… y la luz vuelve poco a poco.

Y entonces uno descubre que aquello que había quedado oculto nunca había desaparecido.

Seguía allí.

Aletargado.

Esperando.

Como eso tan extraño que tienen algunos sentimientos, que incluso…
cuando dejamos de nombrarlos,
cuando creemos haberlos superado,
cuando aprendemos a vivir sin ellos...

…siguen sabiendo el punto exacto dónde darnos el encuentro.

Porque hay eclipses que duran unos minutos.

Y otros que pueden durar toda la vida.

Pero ninguno consigue apagar aquello que seguía ahí.

Porque tal vez un eclipse no sea solo la ausencia de luz.

Tal vez sea solo el instante
en que dejamos de verla.

...porque lo importante sigue ahí, aunque durante un tiempo haya quedado en la sombra.
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