Distancias

30.09.2026

Hay distancias que no se miden en kilómetros.

Se miden en todas las ganas que tienes de acercarte y todos los motivos que te obligan a quedarte donde estás.

Y qué extraño resulta.

Porque uno pensaría que la distancia sirve precisamente para eso: para enfriar las cosas, ponerlas en su sitio, devolver a cada cual a su lado de la vida.

Pero las ganas parecen no entender demasiado de sitios.

Van por libre.

Aparecen en mitad de cualquier tarde, se cuelan en una canción, en una frase, en un lugar cualquiera. A veces basta incluso con creer haber visto a alguien entre la gente para que el corazón haga durante un segundo exactamente lo que le da la gana.

Y entonces están esas otras distancias.

Las que no existen porque falten ganas de recorrerlas, sino porque acercarse significaría mover demasiadas cosas.

Es curioso cómo podemos llegar a estar tan cerca de alguien sin dar un solo paso.

Porque también nos acercamos cuando pensamos en decir algo y no lo decimos.
Cuando buscamos una excusa absurda para aparecer.
Cuando dejamos una frase a medio camino esperando que el otro sepa terminarla.
Cuando decimos cualquier cosa menos aquello que realmente queríamos decir.

Y quizá por eso algunas distancias cansan tanto.

Porque quedarse quieto también requiere esfuerzo cuando todo dentro de ti está caminando hacia alguien.

Supongo que habrá quien piense que, con el tiempo, las ganas terminan cansándose.

Puede ser.

Pero hay algunas especialmente tercas.

De esas que aprenden a vivir sin hacer demasiado ruido, se acomodan en algún rincón y esperan.

No necesariamente a que ocurra algo.

A veces simplemente esperan a que, por una vez, dejemos de explicarles por qué no podemos acercarnos.

Y nos preguntemos algo mucho más sencillo...

si no existiera todo lo demás…
¿hacia dónde daríamos el primer paso?

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