De paso

Tenemos una extraña costumbre de llamar nuestro a casi todo, y además lo decimos con la boca llena...
Nuestra casa.
Nuestro coche.
Nuestro trabajo.
Nuestro sitio.
Nuestras cosas.
Incluso decimos mi vida, con una seguridad que, pensándolo bien, resulta bastante atrevida.
Porque basta que la vida decida hacer de las suyas para recordarnos que aquí, en realidad, no somos dueños de nada…
Llegamos con las manos vacías y, durante unos cuantos años, nos dedicamos a llenarlas...
... de llaves.
... de fotografías.
... de recuerdos.
... de objetos que guardamos por si acaso.
... de personas a las que quisiéramos retener un poquito más.
... de planes para un futuro que damos por hecho simplemente porque todavía no ha
ocurrido.
Y nos acostumbramos tanto a tener que terminamos confundiendo tener con pertenecer.
Pero nada nos pertenece del todo.
Habitamos casas cuyas paredes un día oirán otras voces.
Dormimos en camas que no recordarán nuestros sueños.
Caminamos por calles que seguirán teniendo prisa cuando nosotros ya no tengamos
ninguna.
Guardamos cosas que probablemente terminarán en manos de alguien que jamás
sabrá por qué fueron importantes.
He aquí una de las mayores ironías de nuestra existencia...
... pasamos media vida acumulando cosas para una vida de la que ni siquiera conocemos la duración.
Nos enfadamos. Competimos. Envidiamos. Defendemos territorios imaginarios. Nos preocupamos por quién tiene más, quién llegó antes, quién ocupa qué lugar…
Como si al final hubiera algún un podio y un premio esperándonos...
Y no.
Al final resulta que solo estábamos de paso.
Quizá por eso deberíamos aprender a conjugar de otra manera el verbo tener.
No tengo una casa, solo la habito.
No tengo personas, solo las quiero.
No tengo tiempo, solo lo vivo.
No tengo la vida, solo me está ocurriendo.
Porque somos efímeros.
Muchísimo más de lo que nos gusta recordar.
Un instante diminuto dentro de algo que empezó mucho antes de nosotros y continuará igual cuando ya no estemos.
Y, curiosamente, comprenderlo no debería entristecernos, sino hacer justamente lo contrario.
Hacernos abrazar un poco más.
Perdonar algunas tonterías.
Dejar de aplazar ciertas palabras.
Mirar alrededor de vez en cuando y pensar, qué suerte estar aquí justo ahora.
Porque cuando llegue el momento de marcharnos, todo seguirá aquí.
Todo, menos nosotros.
Así que... ¡no!
No somos dueños de nada.
Somos, apenas, el tiempo que tuvimos para quererlo.