Bajo la máscara de diciembre

La ciudad amanecía cada diciembre cubierta de luces, bajo la
máscara de una sonrisa impostada. Claro, ¿cómo qué no? ¡Era Navidad y había que
sonreír!
Los escaparates brillaban, las canciones repetían ilusiones de felicidad casi
instantánea y el aire olía a canela y mazapán.
En el tercer piso de un edificio sin adornos vivía un tipo común que, llegadas estas fechas, ponía su sonrisa en pausa. No porque odiara a la gente, sino porque no se veía reflejado en esa necesidad de agradar que lo inundaba todo, no podía con los encuentros casuales que siempre terminaban en un "tenemos que vernos más", la mentira más grande que había escuchado nunca...
No colgaba guirnaldas, no decía felices fiestas con voz de anuncio, y apagaba la radio cuando empezaban los villancicos, como quien se protege de un eco que no es suyo.
Desde su ventana veía a la gente correr con bolsas, como si la felicidad tuviera código de barras. Y pensaba que la Navidad se parecía demasiado a una dosis de alegría prefabricada para no mirar de frente lo que, pese a todo, seguía ahí.
Porque los problemas no se iban de vacaciones...
El hombre de la esquina seguía durmiendo en el portal,
envuelto en una manta que no era roja ni verde, sino gris.
La mujer del quinto seguía llorando por las noches, ahora en silencio, como si
el dolor tuviera que pedir permiso.
La vecina del segundo seguía sola, otro año más, con la mesa puesta, esperando
a alguien que nunca llegaba.
El anciano del primero seguía hablando con las fotografías, repasando recuerdos como quien ordena cajones que ya nadie abre, y el chico del ático seguía contando monedas antes de dormir, negociando con los días que quedaban..., con las facturas y su puntualidad exacta.
El reloj no se detenía para nadie solo porque fuera diciembre.
Una noche, mientras la ciudad celebraba, nuestro hombrecito
bajó a la calle. No llevaba gorro, ni regalos, ni frases bonitas. Solo se sentó
junto al hombre del portal y compartió con él una taza de chocolate caliente.
Lo escuchó sin intentar arreglar nada. Simplemente estuvo ahí.
Entonces pensó, esto es Navidad!, y no la que te meten con calzador, envuelta en papel brillante y estrellitas. La de verdad, es la otra cara de la moneda. La incómoda. La que camina por la calle y tropieza con la realidad. La que no tapa las grietas con luces, sino que las ilumina lo justo para no fingir que no existen.
Los días pasaron y la ciudad siguió igual de adornada. Nadie notó nada distinto. Pero él, desde su ventana, entendió algo que muchos no querían ver…
Que la Navidad es mucho más que lo que se ve.
Es gente.
Es presencia.
Es no mirar hacia otro lado justo cuando todo te invita a hacerlo.
Por eso, a algunos, nos resulta tan incómoda...