Amor delincuente

Dicen que hay amores que nacen con una sentencia escrita en la frente.
Amores que aprenden demasiado pronto a caminar sin hacer ruido. Que miran antes de cruzar una calle, antes de rozarse una mano, antes de dejar que un beso exista el tiempo suficiente para convertirse en recuerdo.
No porque hayan hecho daño.
Sino porque alguien decidió que debían esconderse.
A ese amor lo llamaron delincuente.
Y desde entonces aprendió el oficio de los fugitivos.
Se citó en lugares donde nadie miraba...
Habló en voz baja...
Escribió cartas que nunca podían quedarse sobre una mesa...
Aprendió a despedirse demasiado deprisa y a convertir cada abrazo en una pequeña victoria contra el miedo...
Qué extraño destino el del amor.
Ser el sentimiento que más vida regala y, al mismo tiempo, el que tantas veces ha tenido que vivir como si fuera un crimen.
Pero si hay algo que tiene el amor es que no entiende de prohibiciones...
... solo sabe reconocer el temblor de unas manos cuando encuentran otras manos...
... la calma que llega después de un abrazo...
... esa paz inexplicable que hace que, por un instante, el mundo deje de pesar.
El verdadero delito nunca fue amar.
Fue obligar al amor a esconder la cara.
Fue convertir los besos en pruebas, los silencios en refugios y la felicidad en un secreto.
Porque el amor delincuente nunca robó nada.
Al contrario.
Fue devolviendo la esperanza a quienes ya no esperaban, la luz a quienes habían aprendido a vivir a oscuras y el valor a quienes un día comprendieron que amar también podía costarles el mundo.
Quizá por eso siga existiendo.
Porque ningún muro ha conseguido detener un sentimiento que siempre encuentra alguna grieta por donde colarse.
Y tal vez llegue un día en que deje de ser un fugitivo.
Un día en que los abrazos no tengan que mirar alrededor, en que los besos no conozcan escondites y en que nadie vuelva a sentir que amar exige pedir permiso.
Mientras… seguirá escapando.
No de la justicia. Sino del miedo.
Porque el amor nunca fue delincuente.
Solo corazones a los que obligaron a vivir en la clandestinidad.
Y si eso convierte al amor en un delincuente, ojalá nunca encuentre un juez capaz de condenarlo.