A veces me pregunto...

Lo nuestro no fue una despedida, solo un silencio largo.
Desde entonces cuando camino y alguien pasa demasiado cerca, cierro los ojos un segundo… por si acaso tu perfume ha decidido volver antes que tú.
No he dejado de quererte, solo he aprendido a hacerlo en la distancia.
Imagino que a ti te pasa algo parecido.
Quizá también te detienes cuando escuchas una canción que no sabes por qué te duele, o quizá también has abrazado a otras personas sin encontrar ese acople perfecto entre los dos.
A veces repaso nuestra historia como si fuera un mapa viejo, tratando de encontrar el punto exacto donde el miedo pesó más que las ganas.
Hay días en los que imagino que te veo doblando una esquina. Otros, que coincidimos en una cafetería cualquiera, tú con tu café cortado, y yo con el mío largo y azúcar moreno...
Y en todos esos escenarios ocurre lo mismo.
Nos miramos.
Sonreímos como dos desconocidos que se (re)conocen.
Y después llega el abrazo... porque eso era lo nuestro, un abrazo que siempre supo exactamente cuánto durar.
Me pregunto si el destino es solo una palabra bonita para explicar la paciencia. Para explicar por qué dos personas que se piensan pueden pasar años caminando por calles distintas.
Pero también me pregunto otra cosa.
Si en ese encuentro me volverás a regalar tu sonrisa, esa que siempre llegaba un segundo antes que tus palabras.
No sé cuándo pasará.
No sé dónde pasará.
Ni siquiera sé si seremos los mismos...
Pero hay algo que sí sé.
Que algún día nos volveremos a cruzar.
Y cuando pase, no harán falta explicaciones ni preguntas. Solo ese abrazo.
El mismo que una vez nos enseñó que, incluso en un mundo tan grande, dos personas pueden ser exactamente el lugar donde el otro quiere quedarse.
A veces me pregunto cómo fue que coincidimos...