A nueve plantas del mundo

04.09.2023

Antes incluso de cruzar el portal, ella ya sentía cómo el corazón parecía adelantarse a sus pasos.

Había recorrido aquel camino tantas veces que podía hacerlo con los ojos cerrados. Sin embargo, cada encuentro conservaba intacta la emoción del primero. Quizá porque nunca dejaba de preguntarse cómo era posible echar tanto de menos a alguien al que apenas unas horas antes había tenido que despedir con la indiferencia que el mundo esperaba de ellos.

El ascensor acudió con la lentitud de siempre.

Mientras aguardaba, jugueteó distraídamente con un mechón de su pelo entre los dedos, incapaz de disimular la impaciencia que le recorría el cuerpo. Un mordisco enmascarado en una apenas insinuada sonrisa apareció en sus labios cuando las puertas metálicas se abrieron al fin.

Entró sola.

El suave zumbido del ascensor acompañó el camino, planta tras planta, como si quisiera prolongar deliberadamente la espera. Cada número iluminado era un latido más. Un segundo menos para volver a encontrar aquel refugio escondido donde todo dejaba de pesar.

Seis.

Siete.

Ocho.

Y entonces apareció el nueve.

Las puertas comenzaron a abrirse con esa calma exasperante que solo tienen las cosas cuando uno desea que sucedan deprisa.

Respiró hondo.

Al otro lado… él y los ojos más bonitos que ella había visto jamás.  

La ciudad continuaba respirando a sus pies, ajena a todo. Desde la novena planta, el ruido llegaba amortiguado, como si la altura hubiese decidido concederles un pequeño privilegio… el de existir lejos de las miradas, lejos de los juicios, lejos de los nombres que los reclamaban al otro lado de la puerta.

Aquel lugar no pertenecía a ninguno de los dos y, al mismo tiempo, era el único espacio donde podían sentirse verdaderamente libres. Su refugio escondido. Su lugar seguro. El rincón donde el tiempo parecía aceptar un ritmo distinto.

No había prisa. Nunca la había allí.

Cada encuentro era una colección de pequeños rituales. Cerrar la puerta, dejar las llaves sobre la mesa, quitarse el reloj…, respirar hondo y abrazarse como quien acaba de cruzar una frontera invisible. Después, el silencio.

Un silencio lleno en el que no hacían falta palabras. Habían descubierto hacía mucho que el afecto también sabía expresarse en la calma, en la cercanía, en la forma de recorrer la distancia que los separaba con una lentitud casi reverencial.

Siempre se buscaban con la mirada antes que con las manos, incluso fuera de aquel lugar.

Y cuando, por fin, la distancia desaparecía, no había precipitación alguna. Solo el roce delicado de unos dedos sobre un rostro (re)conocido, la caricia apenas insinuada sobre un hombro, la respiración compartida de quienes llevaban demasiado tiempo esperando ese instante.

El deseo no irrumpía.

Se deslizaba entre ellos con la suavidad de la luz que cuela por la ventana, creciendo despacio, alimentado por la certeza de que cada minuto robado tenía el valor de una vida entera.

Fuera, la ciudad seguía marcando horarios, compromisos y despedidas.

Dentro, en aquella novena planta suspendida sobre el mundo, el tiempo dejaba de pertenecer a los relojes.

Solo existían dos corazones aprendiendo, una vez más, la geografía del otro sin necesidad de conquistar nada. Bastaba una mano descansando sobre otra. Una frente apoyada con infinita ternura. Un abrazo prolongado hasta que el silencio terminaba pareciéndose al hogar.

Era un amor escondido, quizá porque el mundo no habría sabido comprenderlo.

Pero allí arriba, donde las ventanas parecían rozar el cielo, no necesitaba explicaciones.

Solo necesitaba volver.

Siempre volver.

A aquella novena planta donde, por unas horas, el mundo desaparecía y ellos dejaban de sobrevivir para, sencillamente, sentirse vivos otra vez...

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