"cincuentaalgunos"

Me miro al espejo y durante un instante no sé si veo a la mujer que soy o a todas las que fui.
La luz dibuja caminos alrededor de mis ojos, en algún momento los llamé arrugas..., hoy prefiero pensar que son la escritura del tiempo sobre mi piel.
Hasta el espejo se vuelve más amable cuando hay telas de por medio... mi cuerpo también ha aprendido sus propias verdades. Ya no tiene la despreocupada firmeza de la juventud, pero posee algo que entonces le faltaba, historia...
Mientras me observo con detenimiento y echo la vista atrás pienso en las cosas que hice bien, en las que hice mal, pero sobre todo en las que no hice...
Las ciudades que nunca conocí. Los trenes que no tomé. Las palabras que se quedaron esperando detrás de mis labios. Aquella versión de mí misma que soñaba con más valentía y a la que, con demasiada frecuencia, le pedí paciencia.
Tantas veces gané y perdí... que incluso alguna vez (me) perdí.
A veces me pregunto quién habría sido si hubiera tenido menos miedo. Si hubiera dicho sí un poco antes. Si hubiera cerrado ciertas puertas sin quedarme tanto tiempo apoyada en el marco.
Pero la vida no se escribe en pretérito pluscuamperfecto de subjuntivo. Lo sé ahora. Aunque de vez en cuando me permito conjugarlo, como quien entra en una casa antigua donde ya no vive nadie.
"Habría amado", "habría viajado", "habría dicho", "hubiera elegido"...
Qué hermosa y qué inútil puede llegar a ser esa gramática de las vidas que no fueron.
Me miro de nuevo.
Hay un reproche suave que todavía me acompaña…, pero incluso ese reproche se vuelve tierno cuando sostengo mi propia mirada.
Porque conozco a esta mujer. Sé de sus renuncias, de sus silencios y de sus pequeñas victorias invisibles.
... y me miro una última vez.
La mujer del espejo ya no busca respuestas para todo. Ha aprendido que la vida rara vez concede explicaciones completas y que casi nunca respeta nuestros planes.
El tiempo apremia, sí… en las rodillas y en los recuerdos.
Y comprendo que nunca fui dueña de él...
… ni a los veinte, cuando creía que me sobraba, ni ahora, a mis "cincuentaalgunos", cuando las distancias se hacen más cortas.
La vida puede cambiar de rumbo en un instante. Puede regalarte un amor cuando ya no lo esperabas o arrebatártelo cuando empezabas a acostumbrarte a su presencia. Puede cerrar una puerta sin previo aviso… o abrir una ventana donde solo veías un muro...
Nunca me gustaron las edades exactas. Por eso, a mis cincuentaalgunos, los años ya no se cuentan, se recuerdan.
Y esta mañana, frente al espejo, vinieron todos a visitarme...