a (des)abrigo del corazón

A veces me pregunto qué necesita un corazón para conmoverse.
Si necesita conocer de cerca el dolor, haberlo padecido alguna vez, llevar el mismo apellido o compartir una historia juntos que justifique la tristeza.
Me pregunto si existen distancias capaces de enfriar los sentimientos hasta el punto de volvernos indiferentes.
Y no hablo de llorar.
Porque no todo el mundo llora, ni expresa lo que siente de la misma manera...
Lo entiendo.
Lo que me cuesta entender es otra cosa.
Esa aparente ausencia de conmoción ante el sufrimiento de alguien.
Como si la enfermedad, el miedo, la agonía o la muerte necesitaran algún requisito de proximidad para merecer un poco de ternura.
¿Aprendemos a no conmovernos o desaprendemos a sentir…?
¿Desde cuándo hace falta querer mucho a alguien para que nos duela un poquito lo que le pasa?
A mí me conmueve el dolor sin importarme de donde viene o quien lo padece…
Me conmueve imaginar a alguien esperando un diagnóstico, a una familia intentando acostumbrarse a una ausencia que todavía no ha llegado, a una persona despidiéndose de la vida mientras los demás siguen haciendo planes para mañana...
Y no es que yo sea especialmente sensible.
O quizá sí.
Pero me resisto a creer que la sensibilidad sea una rareza...
Tampoco creo que tengamos la obligación de sufrir por todos. Sería imposible. Pero sí creo que deberíamos conservar la capacidad de detenernos un instante ante el dolor ajeno.
Aunque no podamos aliviarlo.
Aunque no sepamos qué decir.
Aunque haga años que no vemos a esa persona.
No hace falta que alguien ocupe un lugar importante en nuestra vida para reconocer que su vida importa.
Y quizá sea eso lo que más me inquieta y no la muerte..., la que por mucho que nos duela sabemos inevitable.
Sino que olvidemos que detrás de cada nombre hay una vida entera. Una historia, un cumpleaños que sabemos será el último, afectos, miedos…
… las ganas de esa persona que quiere quedarse un poquito más…
Y entonces vuelvo a preguntarme…
¿Qué necesita un corazón para conmoverse?
No sé.
Pero me gustaría pensar que no necesita demasiado.
Que a veces basta con recordar que, al otro lado de una noticia, hay alguien que está sufriendo. Puede ser que sentir nos vuelva vulnerables, pero no podemos obviar que aquello que hoy le sucede a otro, mañana podría sucedernos a nosotros...
Y que eso, aunque sea por un instante, debería importarnos.
Tal vez haya corazones que no sean fríos, sino que lleven tanto tiempo abrigándose contra el dolor que hayan olvidado cómo dejar entrar la ternura.